viernes, 16 de octubre de 2020

Cómo ser un Alquimista Parte I

 





Los antiguos alquimistas se sirvieron del símbolo para enseñar la preparación secreta de su antimonio. Este es una parte de nuestro Ser que se encarga de ir fijando los átomos de oro a nuestros cuerpos existenciales hasta convertirlos en oro puro. Es nuestro alquimista particular interior.


Los Egipcios lo representaban bajo el símbolo del ojo solar. Entre los Masones figura éste mismo símbolo rodeado de una gloria en el centro de un triángulo, así mismo la letra G en medio de una estrella radiante, hace alusión al antimonio de todos los Adeptos.


Basilio Valentín quien escribiera todo el secreto de la Gran Obra en su manuscrito “Azoth”, da el sobrenombre de peregrino o viajero al Mercurio hermético. “Icon peregrini” representan al Mercurio hermético bajo la imagen de un peregrino que asciende por un sendero abrupto y rocoso, en un paraje de peñas y grutas.


Tocado con un ancho sombrero plano, se apoya con una mano en su bastón, y con la otra sostiene un escudo en el que figura el sol y tres estrellas. Unas veces joven, alerta y vestido con cuidado, y otras viejo, cansado y miserable, es seguido siempre por un perro fiel que parece compartir su buena o mala fortuna.


El viejo alquimista, artesano de la fortuna de los Vallois y señores D´escoville vivió como un sabio, según los preceptos de disciplina y de moral filosóficas. Le decía a su hijo en 1.445, que no podía seguir el ejemplo ni llevar la vida de los poderosos sin traicionar sus convicciones. Es probable, que a los setenta años, sin otra preocupación material que sus obras, acabara en el castillo de Flers una existencia de labor, de calma y de simplicidad en compañía de los dos amigos con quienes había realizado la Gran Obra. Sus últimos años, fueron consagrados a la redacción de las obras destinadas a la educación científica de su hijo, conocido con el epíteto del “Piadoso y noble caballero”. Allí decía:


En el nombre de Dios todopoderoso, sabe, hijo mío bienamado cuál es mi intención por los extremos que a continuación declaro: Cuando, en los últimos días de mi vida, mi cuerpo esté presto a ser abandonado por mi alma y no haga sino esperar la hora del Señor y del último suspiro, es mi deseo dejarte como testamento y última voluntad estas palabras, por las cuales te serán enseñadas muchas cosas hermosas relativas a la muy digna transmutación metálica...


Por eso te he hecho enseñar los principios de la filosofía natural, a fin de hacerte más capaz para esta santa ciencia.

 

Es muy común en estos tiempos materialistas y consumistas, tener un desconocimiento total del uso correcto de la ciencia de la alquimia, es por eso que nos proponemos ser poste orientativo de “Como y para qué ser alquimista”.


Es bien cierto que hemos perdido mucho tiempo mendigando y buscando la verdadera enseñanza como dijera Nicolás Flamel: La alquimia se escribió veladamente, para los que conocen de éstos trabajos. ¿Qué tanto de oro hay en nosotros? ¡Si tenemos oro podremos fabricar más oro!, o dicho de otra manera, ¡si tenemos conciencia sobre nuestra realidad, podremos seguir desarrollando nuestros valores espirituales!.


La alquimia se practicaba en China, según algunos documentos fechados en el año 4.500 a de C.; así mismo existen textos Védicos y Budistas en donde mencionan a un misterioso compuesto llamado “líquido hataka” capaz de transformar el bronce en oro puro.


En el camino hacia el Ser, nuestro Dios interior, la única fórmula válida ya fue dada en su día por el Maestro de Maestros, siendo hoy tan actual como lo fue entonces. “Niéguese así mismo, tome su cruz y sígame”. Será éste axioma junto al camino estrecho el que nos lleve a franquear la puerta angosta, indicados por El Salvador, Jesús, hijo de María y José, nacido en un establo entre animales y anunciado su venida por un Ángel así como por una estrella, que guiara a cuantos quisieron conocer al niño de oro, o Rey de Reyes.


En toda época la fórmula de la alquimia ha sido muy bien escondida develándose solamente a quien diera pruebas de su anhelo hacia la comprensión de los misterios de Dios. Es así como lo atestigua un manuscrito conservado en la Biblioteca Marciana de Venecia, donde figura la fórmula del juramento, según la leyenda, por Ammael a Isis, esposa de Osiris:

 

Juro por el cielo, por la tierra, por la luz, por las tinieblas; juro por el fuego, por el aire, por el agua y por la tierra, juro por la altura del cielo, por la profundidad de la tierra y por el abismo del Tártaro, juro por el Mercurio y por Annubis, por los ladridos del dragón Chercurobos y del can tricéfalo cerbero, guardián del infierno, juro por el barquero del Aqueronte, juro por las tres parcas, por las furias y por la maza, que nunca revelaré estas palabras a nadie más que a mi hijo noble y encantador. Y ahora ve busca al agricultor y pregúntale qué es el grano y que la cosecha, de él aprenderás que quien siembra trigo recibirá trigo, y quien siembra cebada recogerá cebada. Ello te conducirá a la idea de la creación y de la generación; recuerda que el hombre hace nacer al hombre que el león hace nacer al león, que el perro reproduce al perro. Del mismo modo el oro produce oro, he aquí todo el misterio.


Esta enseñanza que ponemos al servicio de la humanidad, tiene el propósito de entregar la clave que nos permita, sin diferencias de credos, educación o de cualquier otra índole, conocer el Gran Arcano, tal como lo hiciera el alquimista y difusor por excelencia de éstos misterios, Samael Aun Weor.


Has de saber que eres un privilegiado por conocer la clave del arcano (alquimia); o por estar en puertas de recibir la develación, así mismo, única vía para llegar al Absoluto y conseguir la liberación de toda atadura materialista.


Todo el secreto se esconde en las siglas V.I.T.R.I.O.L.; que quiere decir: Visita Interiora Terra Rectificando Invenies Ocultum Lapidem (Visita el interior de la tierra, rectificando descubrirás la piedra escondida. No cabe duda que para quien conoce la clave del gran arcano, éstos datos son suficientes para descender los nueve escalones que se requieren para así templar la espada con el fuego que arde, pero que no quema.


Sin embargo, no es menos cierto que por muchos años ha estado a la luz éste enigma y la humanidad no lo ha sabido interpretar correctamente, por lo mismo se ha sumido, en la medida que pasaba el tiempo, en una oscuridad total, alejándose de todo principio ocultista que le acercara a su realidad Espiritual.


Distintos alquimistas del medioevo hacen énfasis en señalar que el arte de la alquimia no se aprende en los libros, sino a través de la develación de un Maestro perteneciente al círculo solar de la Blanca Hermandad. “La ciencia alquímica no se enseña. Cada cual debe aprenderla por sí mismo no demanera especulativa, sino con la ayuda de un trabajo perseverante...” así afirma

Fulcanelli.

Y añade Nicolás Flamel: “No se escriben más que para quienes ya saben esos principios, los cuales no se encuentran jamás en ningún libro”.


Paracelso, nos enseña de manera velada el misterio alquímico o el sendero del amor: “El principio es uno en el varón, otro en la mujer”.


Los opuestos se fusionan para poder crear, una fuerza positiva y una fuerza negativa, uniendo ambas da como resultado la fuerza neutra, la que las concilia y así se crea...

En la segunda epístola de San Pablo a Timoteo, C. II, 20 podemos leer:

En una casa grande no hay sólo vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y los unos para usos de honra, los otros para usos viles. Siendo Fulcanelli quien nos devela esta epístola. “Los grandes maestros la llaman trabajo de mujer y juego de niño, y le aplican el viejo axioma hermético: una re, una vía, una dispositione. Una sola materia, una sola vasija, un solo horno. Tal es nuestro vaso de barro, menospreciado, vulgar y de empleo común, que todo el mundo tiene ante los ojos, que no cuesta nada y que se encuentra en las casas de todas las gentes, pero que nadie, sin embargo, puede conocer sin revelación”.


Así mismo Salomón Trismosin, en su libro “La toyson d´or” dice: Busca pues, con la luz de tu espíritu la luz que está envuelta en tinieblas, y aprende de ello que el sujeto más vil de todos según los ignorantes es el más noble según los sabios.


Jacques le Tesson afirma: Si la técnica reclama cierto tiempo y demanda algún esfuerzo, como contrapartida es de una extremada simplicidad. Cualquier profano que sepa mantener el fuego la ejecutará tan bien como un alquimista experto.


Como podemos comprobar no siempre ha sido fácil reconocer el elemento con el cual se debería trabajar, y tenemos un ejemplo bien elocuente, en el caso de Trevisán, pues gastó toda su fortuna buscando la Piedra Filosofal y logró 

descubrir el secreto a los setenta y cinco años de edad, ya demasiado tarde.


Si tuviésemos que citar a partir de cuando toma su máximo esplendor la práctica alquimista, habría que responder, en el siglo XIV. En esa época distintos alquimistas empiezan a dar señales de su arte, haciendo demostraciones públicas del poder de la transmutación, también emergen a la luz los libros donde se entregaban la manera de operar en el laboratorio alquímico, pero siempre de manera velada.






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